-“ PUEBLO DIABLO ”- (RELATO) By JOE GABARDO
¿No sabéis que cuando os entregáis a uno como esclavos para obediencia,
esclavos quedáis de aquel a quien obedecéis,
ya sea del pecado para muerte, ya de la obediencia para justicia?
Romanos 6:16
Nüremberg. 20 de abril, 1945
Querida madre:
Hoy, después de cuatro días de combate, hemos tomado Nüremberg. Dicen que esta ciudad es la capital espiritual del nazismo, con lo que imagino que a Hitler no le debe haber sentado nada bien perder su corazón negro. Además, comentan los muchachos que hoy es su cumpleaños. Espero que se le haya atragantado la fiesta al escucharnos desde Berlín desfilar por la Arena de Luitpold.
Dios bendiga la División Thunderbird y a todos los compañeros que han caído en esta ciudad maldita. Dios bendiga al Ejército Aliado y los bendiga también a usted y a mi padre.
Con cariño de su hijo,
Soldado Christopher L. Schiffer
Compañía C, III Regimiento
División Thunderbird
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20 de marzo, 2003
Pueblo Diablo, México
El motorista dejó atrás el enorme cedro reseco que recibía al forastero a la entrada del pueblo. En los tiempos del oro había sido el árbol del ahorcado, hoy sólo era una cruz desmochada con ininteligibles nombres tallados a cuchillo en sus prietos nudos. Un poco más allá, tomando el camino norte, el cementerio y la tumba sin nombre de un antiguo compañero.
Frenó en seco levantando una nube de polvo a su alrededor. La motocicleta, una Harley-Davidson 61E del ’45, acalló el silencio del pueblo con un ralentí acompasado. Aparcó frente al Café Gloria y el Knucklehead se apagó en una tos seca. El motorista encendió un Lucky Strike en un gesto mecánico de su Zippo y sacudió la cascada de arena de su cazadora cuarteada. Las botas hicieron crujir los tablones de madera al subir los tres escalones del porche.
Desde el otro lado de la calle, un gato negro contemplaba tranquilo la escena. Un viejo disco ambientaba el interior del café.
- “¿Conoce a un tipo llamado Crown?”
“...The formula for Heaven's very simple
Just follow the rules and you will see
And as life travels on
And things do go wrong
Just follow steps one, two and three...”
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Nüremberg. 30 de abril, 1945
Querida madre:
Hace unos días nos encomendaron a la C encontrar el tesoro de los Habsburgo, una familia de la nobleza austriaca a la que las SS expoliaron en el ‘38. Anexionada Austria al III Reich, Hitler entró en Viena desvalijando el museo Holfburg y llevándose consigo el tesoro a Nüremberg en un tren blindado. Formó parte de su colección privada en la iglesia de Santa Catalina hasta que comenzamos a bombardear la ciudad, escondiéndolo entonces en un refugio subterráneo acorazado. Pues bien, hoy hemos encontrado el refugio y el teniente Horn ha podido acceder a la cámara.
Pinturas, esculturas, joyas, antigüedades... Pero madre, nunca supondría usted lo que guardaba una caja de cuero. Envuelta en terciopelo rojo como la sangre, se encontraba la lanza que atravesó el costado de Nuestro Señor en el Gólgota. ¡La Lanza del Destino, madre! El cielo se ha abierto al sacarla a la luz y el teniente ha tomado posesión de la misma en nombre de los Estados Unidos. Toda la Compañía hemos caído de rodillas dando gracias al Señor.
He rezado por ustedes, madre, deseando regresar pronto a su lado.
Con cariño de su hijo,
Soldado Christopher L. Schiffer
Compañía C, III Regimiento
División Thunderbird
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20 de marzo, 2003
Pueblo Diablo, México
Ni siquiera aparecía en los mapas. Era uno de esos sitios a los que nada más llegar te invade la agria certidumbre de haber llegado a otro mundo. Y no por el paisaje o la gente. En todos sitios, en toda época, se ha visto siempre el mismo polvo rodando por las calles y tras las ventanas de las casas. Pero una sensación inexplicable de vaciedad hacía que el alma se te encogiera en un suspiro ahogado. Un aliento amargo en la garganta tras el que desearías no haber salido de tu hogar.
El mar estaba cerca del pueblo y la brisa húmeda no hacía sino acrecentar el ardiente calor del desierto en un bochorno intolerable. Sólo el juez de paz, Mr. Crown, era capaz de llevar su traje blanco de levita con semejante temperatura. Su arrugado rostro debía estar hecho del mismo cuero que sus botas de piel de serpiente. Nunca sudaba bajo su Stetson ni bebía otra cosa que aguardiente de cactus. Le faltaba medio dedo índice derecho que cubría con un capuchón de cuero.
Al atardecer se solía sentar en el porche del Café Gloria a ver esconderse el sol tras el volcán apagado, Infierno. Con los discos de la vieja Wurlitzer de fondo, bebía a pequeños sorbos de su petaca dorada y no paraba de mesarse la luenga barba con su amputado índice.
“...Well I've led an evil life, so they say
But I'll hide from the devil on judgement day, I said
Move, hot-rod, move man!
Move, hot-rod, move man!
Move hot-rod, move me on down the line...”
Hacía cuatro décadas que ningún tren llegaba a la última estación de la ruta del desierto. Del apeadero no quedaban más recuerdos que el tanque de agua y el andén medio oculto por las dunas arrastradas con el viento del sur. Tan sólo la línea de autobuses Eden paraba dos veces al día a siete millas del desvío a Pueblo Diablo. Una carretera polvorienta que el aire del desierto jugaba a esconder en un
acertijo a todo el que quisiera llegarse al pueblo. Pero nadie quería ir a Pueblo Diablo.
Eran las cuatro de la tarde por el reloj de bolsillo de Mr. Crown. Montó en su inmaculado Cadillac Eldorado del ’54 y con un gesto del bastón hizo subir a Pete a la parte trasera del convertible. Como siempre, el sabueso intentó colarse en el asiento delantero.
- “Atrás, Pete” -dijo Mr. Crown arrastrando las palabras.- “Dame las llaves” -y se giró quitándole el llavero del collar. El perro dejó escapar un sonido gutural y se tumbó en el asiento bostezando.
Como la banda sonora de una acuarela ocre en movimiento, el ronroneo del V8 acompañaba a tempo la visión del camino de la playa tras el parabrisas. El único verdor del cuadro era la franja de robles enanos que miraba al interior cercando al pueblo por su salida al mar. Más arriba, los sinuosos desfiladeros de Las Calacas remataban la cola del perfil trazado en el horizonte cercano por la Sierra Dragón.
- “Hora de jugar.”
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Milwaukee. 7 de mayo, 1945
Querido hijo:
¡Loado sea el Señor! Nos hemos enterado esta misma tarde. ¡Los nazis han capitulado en Reims, la guerra se acaba! La gente lleva una semana festejando la victoria inminente en todas las calles del país. Esperamos que en breve vuelvas a casa, hijo mío. Sólo ruego que Japón entre en razón cuanto antes y se ponga fin de una vez a esta terrible guerra.
Acabamos de regresar de celebrarlo en la Universidad. He de decir que tu padre ha bebido más de la cuenta y ya está acostado, Dios le bendiga. ¡No imaginas cuánto te echa de menos, cuánto te esperamos todos! Sin embargo, ha sucedido algo que me inquieta.
Durante la cena nos han presentado al capitán Ripley, del ejército británico y profesor de Teología de Cambridge. Al poco de sentarnos a la mesa nos ha comentado el hallazgo por parte de tu división de la Lanza de Longinos. El capitán evidentemente desconocía tu destino, y hemos festejado la coincidencia como un buen presagio. Pese a ello, lejos de los oídos de la gente, me ha confesado su recelo para con la leyenda que pesa sobre la reliquia.
En el último capítulo del Evangelio de San Juan se narra la historia de Cayo Casio Longinos, el soldado romano casi ciego que atravesó con una lanza el costado de Nuestro Señor en la cruz. Aquella lanza no era un arma corriente. Se trataba de la lanza de Herodes, mandada forjar por el profeta Fineas como símbolo de los poderes mágicos inherentes a la sangre del pueblo elegido de Dios. Una delegación del Templo se había dirigido al Gólgota para quebrar los huesos de Jesús, a fin de acelerar su muerte -pues era víspera del Parasceve-, y de que no se cumpliera la profecía que lo señalaba como Mesías. Sin embargo, el militar romano arrancó la lanza de la mano del que los lideraba y atravesando el costado de Nuestro Señor vino a comprobar que ya estaba muerto. De su corazón brotó sangre y agua que salpicó a Longinos en los ojos, quien al instante recuperó la vista.
En el Templo, donde Caifás y Anás esperaban el resultado de su encargo, el Velo del Santo de los Santos se rasgó de arriba a abajo, poniendo al descubierto el Cubo Negro del Antiguo Testamento, cuyos bordes se agrietaron y tomaron la forma de una cruz. Así comenzó la leyenda de Longinos, el hombre de la lanza, quien durante un instante tuvo en sus manos el destino de la humanidad.
Por esto mismo, dice la leyenda que quien la sostenga en sus manos, sostendrá, para bien o para mal, el destino del mundo. Pero ahí no acaba todo, pues, continúa la leyenda, la lanza condena a muerte al poseedor de la misma si éste la perdiera.
Hijo mío, ten sumo cuidado si el destino te pone delante de la reliquia. Que Nuestro Señor te guíe e ilumine en el final de estos días oscuros.
Con todo cariño de tu madre,
Mary M. Smith
Milwaukee, WS
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3 de septiembre, 1969
Las Vegas, Nevada
‘Lucky’ Crown, así le llamaban. Era conocido en cada casino, en cada casa de apuestas, en cada garito ilegal y en todos los callejones de tramposos de Las Vegas. Solía jugar a los dados, al blackjack, a la ruleta y, con tiempo suficiente, al Texas Holden. Siempre llevaba unos dados negros en el bolsillo que manoseaba entre sus dedos en un gesto supersticioso. En la maleta poca cosa, lo normal en tipos que apuestan su vida al rojo o al negro. Un poco de pasta dentro de una Biblia, algunas pastillas en el doble fondo y un Colt .44 envuelto en una pequeña toalla de hotel. Aquel día dudó, pero sin saber porqué se enfundó el revólver.
- “Llegas tarde, ‘Lucky’. Siéntate” –ordenó Jude Ville, el anfitrión de la casa.
‘Heaven’s Key’ era un sótano mohoso y maloliente de la parte este de la ciudad. Un garito de whiskey a granel y chicas de calderilla. Un reducto para perdedores que necesitan continuar apretándose el lazo de la corbata. En una habitación pequeña y mal ventilada tras el almacén, los jugadores bebían acodados en el raído fieltro de la mesa, cansados, ansiosos del tacto de los naipes entre sus dedos. Algunos se conocían de otras timbas de medio pelo, pero un movimiento de cabeza o un gruñido bastaba como saludo. Un tipo tuerto con manguitos sobre la camisa cambiaba impertérrito los billetes por fichas, anotaba deudas por pagar y hacía firmar los pagarés.
Pasaron horas y la partida transcurrió poco más o menos como siempre entre jugadores de ventaja. ‘Lucky’ ganaba más que perdía. Dejaba ganar algunas manos a Ville y entre ambos desplumaban a los primos de turno. Cada uno apostaba cuanto tenía. Primero el metálico y después el reloj, bisutería, el coche, la pick-up y hasta dientes de oro o zapatos de cocodrilo.
En el callejón se oyó acercarse el sonido bronco de una motocicleta. Paró frente al ventanuco del cuchitril y todos vieron desmontar al piloto.
El hombre, un tipo maduro de melena canosa, entró en la habitación custodiado del gorila de Ville. En la espalda de su cazadora se leía ‘Fallen Angels’. La partida se interrumpió.
- “¿Qué se te ha perdido aquí, socio? Esto no es ningún taller grasiento. ¿No deberías estar por ahí con los tuyos celebrando la muerte del Ho Chi Minh ése?”
- “Vengo por algo que no le pertenece, Ville.”
- “Ja, ja, ja, ja, ja... Creo que no voy a poder ayudarte, socio. Compro y vendo todos los días, puede que lo que busques ya no sea mío. O no esté a la venta, claro.”
El hombre tenía la vista fija en las ganancias de Crown. La mesa también miró. Una pequeña bolsa de piel se amontonaba entre las fichas de colores, dos relojes y un par de pagarés.
- “¡Ahhhh...!” –se percató Ville.- “Lo que buscas ya no está en mi mano. A menos que quieras esperar a ver si cambia mi suerte.”
- “Tendrá que jugar para ganárselo, amigo” –sentenció Crown.
- “¿Cuánto quiere? ¿Mil, dos mil? ¿Cinco mil? Lo que hay en la bolsa no pertenecía a este hombre. Créame, debería devolvérmelo” –y extendió su mano.
- “Amigo, o se sienta o se marcha por donde ha venido.”
- “¡Maldito insensato!”
El motorista intentó abalanzarse sobre ‘Lucky’, pero el gorila le agarró de un brazo retorciéndoselo en la espalda. El hombre se giró y le clavó el codo libre en la nuca, haciéndole caer al suelo sin sentido. Agarró a Ville del cuello y lo levantó de su silla de un tirón. La afilada hoja de una Buck le apretaba la nuez.
- “Ahora deme la bolsa, amigo.”
Los otros jugadores y el tipo tuerto de los manguitos se habían apartado de la mesa. Crown miraba la bolsa con sus manos entrelazadas. Tenía la boca seca.
- “No” –dijo mirándole a los ojos. En un gesto rápido sacó el .44 de su espalda y disparó. El hombre lanzó la navaja, que golpeó en la pistola y salió despedida por el aire. Ville se desplomó junto a su gorila con el pecho ensangrentado. Medio dedo de Crown descansaba entre fichas y cartas, cubriendo de rojo el fieltro de juego.
El hombre se tocó el costado izquierdo, también sangraba bajo la cazadora. Alejó la pistola con el pie y se agachó a recoger su navaja.
- “Me he hecho perder un dinero, amigo. Ases y ochos, la mano del muerto.” –Crown intentaba cortar la hemorragia con un pañuelo.
- “¿Qué precio tiene su alma, amigo?”
- “Me conformo con que Franklin nunca abandone mis bolsillos.”
- “¿Y vale su vida más que la de su patria?”
- “Amigo, sólo tengo un traje en el armario. Oiga, ¿tendremos que aguantar su sermón antes de que nos degüelle?”
- “Hoy no es el día de ninguno de ustedes. El dedo de Dios sólo quería tocar el hombro de éste hombre, pero él ha elegido darle la espalda” –dijo el hombre dirigiéndose al resto de jugadores.– “No tiene idea de lo que ha hecho, amigo. Sacrificándose como muchos otros hicieron y siguen haciendo hoy día, podía haber redimido sus pecados accediendo a todo cuanto su alma anhela. Pero ha colocado a su país en el filo de una cuchilla, y en el pecado llevará la redención hasta que la justicia del Señor le haga fiel y verdadero. Entonces será usted quien venga a mí, amigo. Y la próxima vez que vea mi motocicleta encomiéndese a Nuestro Señor, porque ese mismo día estará en su presencia.”
En el bar nadie parecía haberse enterado de nada. La música, el humo y el alcohol aquietaban los sentidos de las chicas y sus parroquianos.
“...I was just a lad, nearly twenty-two,
Neither good nor bad, just a kid like you,
And now I'm lost, too late to pray,
Lord, I've paid the cost on the lost highway...”
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1 de mayo, 1965
Los Ángeles, California
- “Hermanos todos, reunido el Comité de Notables en Consejo Supremo por mor de los recientes acontecimientos, proclamo abierta la sesión de esta Asamblea Extraordinaria. Que el Todopoderoso nos guíe e ilumine. Amén.
Tiene la palabra el hermano Schiffer, veterano y Maestre del Capítulo de California.”
- “Amigos míos, hermanos en la fe. Amén.
El anillo Totenkopf ha desaparecido.
De 1934 a 1944, la Reichsführer-SS de Heinrich Himmler entregó más de 14.500 anillos con la calavera de la muerte como reconocimiento honorífico a sus más fieles oficiales. Pero aún hubo de labrarse un anillo más, el anillo del propio Himmler. De este anillo nadie tenía noticia fuera de la cúpula de la Ahnenerbe, la oficina de ocultismo nazi. Ni tan siquiera el propio Hitler, en otro tiempo miembro de la proscrita Sociedad Thule, era conocedor de su existencia. El secreto dentro del secreto, el ocultismo dentro del ocultismo.
Himmler tenía motivos para ello, pues el anillo de poder había sido forjado con una esquirla de la punta de la Lanza del Destino. La lanza se restauró en su apariencia original con total secretismo y el Führer, quien se creía el único con acceso a la misma, nunca sospechó la traición.
Apresado Himmler por los británicos poco antes del término de la guerra, le fue confiscado el anillo entre otras pertenencias. Ese mismo día, antes de suicidarse en su celda, confió la historia del anillo al capitán de la unidad. Éste, con la mayor confidencialidad, contactó con el G3, quienes pusieron de inmediato la información en conocimiento del gabinete de Churchill y de su asesor personal en temas de ocultismo, W.J. Stein, conocido de Hitler desde su etapa de pintor en Viena.
Poco después la C descubrimos la lanza en Nüremberg y ese mismo día en Berlín, minutos más tarde de nuestro hallazgo, Hitler se suicidó en su bunker. Curiosamente, dicha fecha -30 de abril-, coincide con la noche de Walpurgis, la noche de brujas. Y fue ayer mismo, 30 de abril, cuando desapareció el anillo.
Con todo, tanto con Hitler como con Himmler, vino a cumplirse la leyenda y la maldición de la lanza como sabéis que pasara en otro tiempo con el Emperador Constantino, Carlomagno, Otón el Grande o Federico Barbarroja.
Acabada la guerra, Churchill regaló personalmente el anillo al general Patton, obsesionado con la lanza y su misterio desde mucho antes que la hallásemos en poder de los nazis. El resto ya os es conocido. Fue el general Patton en persona quien nos eligió a algunos miembros de la Compañía C para, según sus propias palabras, ‘la última y más importante Cruzada de los Ejércitos del Señor’: la protección y salvaguarda de la lanza sagrada así como del anillo. Y así fue creada la Gran Orden de los ‘Fallen Angels’, los custodios de la Lanza del Destino; hoy con Capítulos y Divisiones en California, Texas, Boston y Jerusalén, en Israel. Poco después, en diciembre del ‘45, el general fallecía en un trágico accidente de automóvil. El Señor le tenga en su gloria.
De entonces a ahora, lanza y anillo han estado ocultos en las cámaras de seguridad de los Capítulos de Los Ángeles y Dallas respectivamente. Anoche reventaron la entrada de la cámara de Dallas y, entre otras cosas, robaron el anillo. A partir de hoy, la ubicación de la lanza ha cambiado de paradero. El panteón de nuestro primer Gran Maestre y descubridor de la lanza, el teniente William Horn, vela por la reliquia en tierra sagrada. ¡Y por Dios vivo que ni en Fort Knox estaría a mejor recaudo!
El anillo, maldecido por la magia negra de Himmler, anhela volver con la lanza y recuperar todo el poder de la maldad que éste encierra. Sólo una vez sometido junto con la lanza al ritual purificador del Tantra de Kalachakra -recientemente en nuestro poder merced al último viaje del doctor Jones al Tíbet-, sólo entonces, repito, lanza y anillo volverán a ser uno, dotando a la nación que lo posea de la invencibilidad ante todo enemigo, pues ésta será inmortal trayendo a sus dominios el Reino de Dios.
Estados Unidos, hoy de nuevo en guerra, ha de ser el reino de Shambala en la tierra, el Sangri-La de los elegidos del Señor. Nuestro Presidente lo anhela, nuestro país lo necesita. ¡Nosotros somos los Elegidos! ¡Escrito está en el monte de Sion! Es nuestro destino. La oportunidad definitiva, la víspera de la batalla final. Hitler conocía el mito del Rakna-Rök, pero fue traicionado por Himmler, cuya ambición de poder condujo al hundimiento del III Reich.
Se nos encomendó una misión de Dios hace años y hoy cobra más fuerza si cabe. Nuestro futuro requiere todo nuestro esfuerzo una vez más. El anillo Totenkopf no debe caer en manos malignas o esta vez podríamos correr peor suerte.
¡Encuéntrenlo! Tengo plena confianza en su coraje y operatividad.
La gracia del Señor Todopoderoso nos bendiga en tan noble y gran empresa. Amén.”
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20 de marzo, 2003
Pueblo Diablo, México
“...There will be peace in the valley for me, some day There will be peace in the valley for me, oh Lord I pray There'll be no sadness, no sorrow No trouble, trouble I see There will be peace in the valley for me, for me...”
- “Este es un lugar terrible, ¿sabe? Encierra todo el mal que ha forjado el hombre desde la creación del mundo, lo presentí nada más llegar. Hace ya más de treinta años. Al principio no entendía porqué mis pasos me habían traído aquí, las maldiciones suelen ser silenciosas y oscuras. Mucho más tarde comprendí que había sido el anillo.”
- “Mucho tiempo, Crown” –dijo el motorista dándose la vuelta desde la barra.
- “Mucho, sí. Pero puede llamarme Mike, Mike Crown. ¿Quiere otra copa?” –dijo sacando su petaca-. “El mejor licor de cactus del desierto, el agua de la vida. Sentémonos fuera” -y salieron al porche. El sol comenzaba a esbozar sombras oblicuas y el viento se había detenido por completo.
- “Me dijo que sería yo quien le buscaría y así ha sido. Sabrá porqué le he hecho llamar, ¿verdad?”.
- “El anillo”.
- “Sí, claro. Pero no es sólo eso. Déjeme que le cuente. Ocurrió algo extraño cuando tuve que huir de Nevada después de lo que sucedió en casa de Ville. Quería irme lejos, desaparecer un tiempo. Dios sabe porqué acabé en Europa. Nunca fui consciente del destino de mi huída, ni siquiera de que tuviera un destino. Pero sin haber salido nunca de Nevada, sabía exactamente donde dirigirme. Cada paso me acercaría a una respuesta, y apenas descansé aquellos años.
De Valencia, en España, a Rennes-le-Château, en el Languedoc francés. Roma, Turín y cruzando el Mediterráneo, en Etiopía, Axum y Lalibela. Allí, un día en la iglesia de Santa María de Sión, un monje negro me enseñó la ilustración de un viejo libro. Era un cuadro de Raffaello, ‘San Miguel derrotando al dragón’. ¿Lo conoce? Al día siguiente emprendí mi viaje de regreso.”
- “Y así vino a parar aquí. Largo camino para volver al desierto”.
- “Sí, largo. Larguísimo. Me hubiera venido bien su motocicleta. Preciosa en verdad. El amarillo no es mi color. Mala suerte. Pero se equivoca en algo, yo nunca salí del desierto” –y echó un trago de la petaca.
- “¿Y bien? ¿Encontró su fe en aquel cuadro?”
- “Encontré más que eso. Cuatro y tres no siempre suman siete. Hay quienes juegan con dados cargados, pero es difícil engañar a un viejo tramposo.”
- “Más sabe el diablo por viejo que por diablo” –apuntó el hombre.
- “Así es. Lo sabe bien, amigo. Por eso la lanza está aquí.”
Ambos quedaron en silencio. El hombre dejó sobre la mesa el vaso que sostenía entre las manos. Despacio, como a cámara lenta. Atardecía y el porche del café se iluminaba de reflejos dorados.
- “¿Cómo sabe eso?”
- “Tranquilo, tome otra copa” –dijo Crown rellenándole el vaso.- “¿Ha visto usted hoy las noticias? De nuevo estamos en guerra. La gran mentira. Nunca hemos dejado de estar en guerra, una bien distinta.
Esa mentira podría hacer que esta noche se abra por fin el séptimo sello. Por eso le hice llamar, por eso está usted aquí.”
-“¿Qué quiere decir, maldito loco? ¿El fin del mundo?” –gritó el hombre levantándose. Su vaso se calló el suelo rompiéndose en pedazos.
- “En el cuadro que le decía, es San Miguel quien sostiene la lanza que derrota al dragón, no al revés. La lanza del destino, amigo. ¿En manos de quién la prefiere usted?”
- “Pero al anillo...”
- “Lanza y anillo son uno, siempre fueron uno” –interrumpió Crown-. “No hay magia en la tierra que doblegue un instrumento de Dios. Himmler creó la bestia pudiendo elegir el cordero porque jamás creyó en el cordero.
‘Pongo en Sión piedra de tropiezo y peña de escándalo, y quien creyere en él no quedará confundido’. Hubo un momento en el camino en que se equivocaron de ruleta. Les falló la fe, se dejaron guiar por quienes no debían, creyeron las mentiras y les engañaron. La trampa del Diablo. Lo vi en Turín y hoy mismo he vuelto a ver al falso profeta en la televisión. Abrieron el cuarto sello y se lo entregaron a usted junto con una espada ensangrentada y la bendición de todo un país.
Yo vine aquí a esperarle, aguardando el momento, al mismísimo Infierno que arrastra tras de sí. Mi redención, dijo un día. Y acertó, pero por motivos distintos a los que creía. Yo también pude elegir.”
- “¿Pero por qué yo?” –gritó el hombre.
- “El cuarto jinete, la Muerte del hombre. La muerte de Dios” –masculló Crown.- “Anochece y sólo tiene una oportunidad, llega el equinoccio. Cuando le entregue el anillo el Dragón saldrá del Infierno buscando sus ojos. Si cree en la Bestia se abrirá el séptimo sello y el Anticristo esclavizará al mundo. Si por el contrario, encuentra en sí mismo la verdadera justicia de su fe, yo mismo seré quien le clave al Dragón la lanza del Destino en mitad del pecho. Usted elige.”
- “Dios mío... Yo... Usted... ¡Somos dos viejos! ¡Señor, dame fuerzas!”
- “Es la hora. El anillo” –lo sacó de la roseta de su bastón entregándoselo.- “Ahora vayamos a por la lanza. Esperaremos a la Bestia bajo el volcán.”
- “Cojamos mi Harley” –dijo el hombre mirando la calavera del anillo.- “¿Y después, Crown?”
- “¿Quiere apostar?” –rió el viejo.- “Eh, amigo. Todo el mundo me llama ‘Lucky’. ¿Un último trago?”
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Y el Dios de la paz aplastará en breve a Satanás debajo de vuestros pies.
La gracia de Nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros.
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