CUENTO DE NAVIDAD By ACB 2
Se acababa de levantar cuando, en la radio, tras un villancico, empezaban a
sonar los compases de CHATTANOOGA CHOO CHOO. Se imaginaba a sí mismo como Glenn
Miller, liderando la orquesta, alzando la batuta delante de su pelotón en el
campo de maniobras; se estaba extendiendo la espuma delante del espejo cuando se
interrupió bruscamente la canción y se dio paso a un boletín especial... ese
boletín que, aunque los dos sabéis que mientes, le dices a tu mujer que nunca va
a escuhar, antes de partir...
En la radio se acumulaban desordenadas las espeluznantes noticias de lo que
había pasado en Pearl Harbour, de lo que estaba pasando aún...cogió su bufanda y
sus guantes...
Sabía que los japoneses no tardarían en llegar a Guam, su isla.
Al fin y al cabo, aunque desde 1898, Estados Unidos se había anexionado ese
enclave del Pacífico tras arrebatárselo a los españoles, la pequeña isla seguía
estando más lejana de su país que de la costa japonesa.
No tardarían en llegar...a lo lejos empezaron a aullar las sirenas...
Hacía dos meses que se había establecido en la pequeña población de Yona, en la
bahía de Pago, a pocos minutos en moto de la base militar, en la costa este de
la isla, para poder mirar al horizonte, donde se junta el mar con el cielo,
donde le esperaban su mujer y su hija, muchas millas más allá, en San
Francisco...
Dos años después de haber sido destinado a esa pequeña isla por la Marina
Estadounidense sabía que lo peor estaba por llegar...
En la Base todos estaban preparados para la guerra, Europa estaba ardiendo hacía
meses, pero lo que no se imaginaban era que el enemigo llegaría desde tan cerca,
tan pronto...
Procuró poner sus pensamientos en orden, trató de calmarse, pero ese día hacía
más frío de lo normal, o ¿quizá sólo era él?.
Intentó recordar solamente momentos agradables... y fue entonces cuando le vino
a la mente uno de los pequeños lujos que podía permitirse en las aburridas
jornadas de permiso: Su 74 Flathead.
No hacía ni un año que logró traer a la isla su querida Flat del 39; la había
comprado en el concesionario de Taylor St. el mismo día que supo que le
destinaban a Guam, incluso le habían regalado unos guantes de becerro con dos
letras bordadas. Supuso que le resultaría fácil llevarla consigo; al fin y al
cabo, los militares destinados en ultramar tenían determinados privilegios...
Cuando llegó descubrió que sólo había un camino asfaltado: las dos millas que
separaban la base militar del puerto de Agaña, la capital. Sin embargo toda la
isla estaba cruzada de caminos polvorientos que podían transitarse en las épocas
en que los ciclones tropicales daban un respiro...presumía en sus cartas de ser
el primer motorista del mundo en subir al monte Lamiam, el más alto de los
alrededores (400 mts); la hazaña en sí no era complicada, además era el único
que tenía moto en la isla... sonrió...y tembló...
Una semana después, días antes de Navidad de 1941...
Vio cómo los Japoneses estaban a punto de tomar definitivamente la isla, desde
el continente americano no había llegado la ayuda necesaria, Japón los habían
arrasado casi sin esfuerzo...ahora, después de días sin noches siendo
bombardeados, ellos iban a desembarcar en Agaña...
Todo estaba perdido para los supervivientes; sin pensarlo dos veces corrió hacia
un hangar en llamas, arrancó su Flathead, los sonidos de las explosiones no
lograban ahogar los pistonazos de su moto, cruzó la isla, llegó al embarcadero
de Yona, y paró junto a una de las pocas lanchas todavía intactas; tuvo que
hacer equilibrios por la pasarela para meter la moto dentro; luego saltó al
timón y puso proa hacia el oeste, ahora su moto y él, los dos regresaban a casa
en un viaje imposible, canturreba un villancico...
Desde uno de los Zero que sobrevolaban la isla se divisó una lancha civil que
abandonaba el puerto de Yona... el piloto viró, enfiló hacia la pequeña
embarcación,... y al pasar junto a ella, cerca ya de los arrecifes de coral, de
las alas del avión cayó algo silenciosamente...antes de que una nube de agua se
elevara a escasos metros del objetivo, el piloto creyó distinguir ¡¡una moto!!,
en aquella lancha que iba a volcar...
Treinta y un meses después habían muerto más de 7.000 soldados americanos y de
11.000 japoneses en la lucha por recuperar la pequeña isla... un pequeño trozo
de tierra en el Pacífico... cuando aquella tarde, la puerta del agujero que
había sido su celda se abrió, no vio como de costumbre al soldado japonés que le
traía el arroz de la cena...no... uniformes americanos se encontraban al otro
lado...el estruendo de las explosiones había cesado...
Unos meses más tarde, bajo el sol de diciembre, en la cubierta del carguero,
flanqueado por fragatas, adivinando ya la muchedumbre que esperaba en el puerto,
no pensaba en su familia, ni en la guerra que continuaba, ni en la suerte que
había tenido...no...
Pensaba que una parte de él quedaba en Guam, en el arrecife de coral...en el
fondo del mismo mar que vería el resto de su vida desde las ventanas de su casa,
en la bahía de San Francisco...
Era la Navidad de 1944 cuando divisó una cara conocida entre el gentío del
puerto...hacía frío...y pensó que la navidad que no vivió tres años antes se
prolongaba hasta entonces como si se hubiera parado el tiempo...apretó los puños
dentro de unos viejos guantes con letras bordadas...
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